sábado, 27 de agosto de 2016

Descubriendo Asia Menor. Día 8, 3ª Parte. Trípolis ad Maeandrum

Yenicekent es el nombre de una pequeña población turca situada a una docena de kilómetros de la carretera general que comunica la autovía Izmir-Ankara con Denizli, a la sazón la capital de la provincia donde nos encontramos. A pocos kilómetros de su núcleo urbano duerme el sueño de los siglos la antigua ciudad de Trípolis ad Maeandrum (Trípoli del Meandro en castellano), objetivo de la segunda visita del día.

El yacimiento de Trípolis lleva pocos años en excavación, motivo por el que hay relativamente pocas estructuras exhumadas y, en general, resulta todavía poco conocido. Eso sí, lo que está apareciendo se encuentra en muy buen estado. Probablemente se convierta en un punto de referencia del turismo arqueológico cuando haya más que ver. No obstante, hoy en día ya es lo suficientemente atractivo para el estudioso toda vez que, aparte de lo ya exhumado, hay abundantes restos arquitectónicos en superficie con la entidad suficiente para extraer conclusiones de ellos. Nosotros lo recomendamos vehementemente.

Figura 1.- Moneda de bronce acuñada en Trípolis durante el periodo republicano.

El yacimiento tiene horario, está cercado y vigilado (por un guarda muy amable). De momento no hay que pagar entrada para pasar. Sólo está señalizada una parte, el resto de la visita hay que hacerla más a la aventura si bien no es difícil ya que toda el área ha sido cumplidamente desbrozada y enseguida se localizan las diferentes ruinas a lo lejos. 

Llegamos ya bastante avanzada la tarde, a eso de las cuatro. No queda mucha luz pues anochece muy pronto por estas tierras levantinas. Es por ello que nos abalanzamos sobre las ruinas casi sin mirar donde dejamos el coche… Conozcamos un poco la historia de Tripolis ad Maeandrum antes de visitarla.

Figura 2.- Selección de bronces tripolitanos acuñados durante los siglos I, II y III d.C.

Trípolis fue fundada con el nombre de Apolonia en el siglo III a.C., esto es en plena época helenística: una época muy turbulenta pero al mismo tiempo de fuerte expansión de la cultura griega. Inicialmente fue incluida en la región de Lidia, si bien muy cerca del límite con las regiones de Caria y Frigia. Su emplazamiento estaba bien pensado: justo en un cruce de caminos de primera magnitud los cuales comunicaban entre sí las citadas regiones y también éstas con la costa del Egeo (a poniente) y el interior de Anatolia (a levante).

Dado que la ciudad se encontraba en un área de fricción entre el reino de Pérgamo y el imperio Seleúcida pudo conservar una relativa independencia probablemente basada en una eventual función como “estado colchón” entre ambos. Esta situación se prolongaría hasta el año 188 b.C., fecha del tratado de Apamea, que sellaba la victoria del reino de Pérgamo sobre el imperio Seleúcida y la expulsión de éste de la mayor parte de Asia Menor. A partir de este momento Trípolis entra a formar parte de la nómina de ciudades controladas por la mítica monarquía pergamena. Posteriormente, en el 133 a.C., Trípolis pasaría a dominio romano junto al resto del reino de Pérgamo: cedido en su testamento a la república romana por su último rey Átalo III.

Figura 3.- Plano del Yacimiento arqueológico de Trípolis ad Maeandrum.

El Trípolis romano es un asentamiento próspero gracias al comercio entre regiones, con una cierta relevancia a nivel local. A su periodo republicano corresponden las primeras emisiones monetales acuñadas en la ciudad, consistentes fundamentalmente en bronces de pequeño tamaño, con Apolo, su dios tutelar, en el anverso y una abeja en el reverso, complementado por la palabra APOLLONIA en caracteres griegos y una suerte de línea quebrada en el exergo, representativa del río Meandro. No son monedas raras en la actualidad, prueba de que se acuñaron en grandes cantidades durante un periodo bastante dilatado de tiempo antes de la era Cristiana. En la siguiente figura (Fig. 1) podemos ver un ejemplar de estas monedas.

Foto 1.- Ruinas de la "Puerta de Filadelfia".

Entre los años 40 y 31 a.C. Trípolis será conocida como Antoniopolis en homenaje al triunviro Marco Antonio, señor de oriente. Derrotado éste por Octavio Augusto, la ciudad muda rápidamente tan poco conveniente nombre por el mucho más neutro y a la postre definitivo de Trípolis ad Maeandrum. Ad Maeandrum por su proximidad al río Meandro y Trípolis por alzarse en el punto de encuentro entre tres regiones: Lidia, Caria y Frigia. Por este nombre es citada en la Historia Natural de Plinio el Viejo (mediados del siglo I d.C.), a la sazón la más antigua mención literaria de la ciudad que conocemos. Plinio la identifica como ciudad lidia, perteneciente al convento jurídico de Sardis; informaciones posteriores la ubican en el vecino convento frigio de Apamea, lo que nos indica una eventual modificación en la frontera entre Lidia y Frigia y la inclusión de Trípolis en esta última.


Fotos 2 y 3.- Ruinas de los Baños Mayores de Trípolis.

El siglo II d.C. corresponde al de mayor esplendor de Trípolis ad Maeandrum. Los abundantes beneficios del comercio fueron invertidos en construcciones tales como: puertas monumentales, baños, un teatro, un estadio, un Casa del Concejo (Bouleterion), calles pavimentadas, etc. Abundan las fábricas de recia sillería bien labrada en piedra travertina y también los mármoles… no se trata en absoluto de edificios modestos sino suntuosos. Sin duda alguna la ciudad podía presumir de un aspecto magnífico durante el reinado de los emperadores adoptivos. 

Foto 4.- Ruinas, bastante deterioradas, de la muralla tardorromana de Trípolis.

Trípolis conservará un considerable vigor económico durante el siglo III d.C. Así lo indica la continuidad en las acuñaciones monetarias de la ciudad, las cuales se prolongan hasta el reinado de Galieno, algunas de ellas mostrando diseños francamente atractivos. En la siguiente figura (Fig. 2) podemos ver una pequeña selección de bronces tripolitanos acuñados durante el periodo imperial romano. Emplean tipos comunes a la mayoría de emisiones de Asia Menor (divinidades del panteón helénico y motivos relacionados con el culto imperial o a la propia Roma) así como algún que otro reverso más distintivo de la ceca como la alegoría del río Meandro en forma de dios fluvial y, la más interesante, una poco habitual representación de Leto (Latona en la mitología latina), la amante de Zeus, con sus hijos Apolo y Artemisa, uno en cada brazo.

Foto 5.- Ruinas sin excavar del Teatro romano de Trípolis.

Poco se sabe de la historia de Trípolis en los siglos bajoimperiales más allá de que sus obispos participaron en los concilios de Nicea (el primero de ellos: 325 d.C.), Éfeso (431 d.C.) y Calcedonia (451 d.C.). No es mucha información pero sí la suficiente para asegurar que la ciudad seguía conservando un cierto pulso urbano. No obstante la información arqueológica nos indica que había entrado en decadencia y que no estaba exenta de amenazas. En efecto, eso es lo que se deduce de la construcción de una muralla en una fecha indeterminada entre finales del siglo IV y principios del siglo V cuyo trazado se cernía exclusivamente al centro de la ciudad, dejando extramuros y por tanto indefenso el resto. Este fenómeno es recurrente en casi todos los lugares del Imperio y una buena prueba de que se estaban viviendo unos tiempos bastante difíciles e inseguros.


Fotos 6 y 7.- Extremos septentrional (arriba) y meridional (abajo) del Teatro de Trípolis.

En el año 494 Trípolis será duramente golpeada por un terremoto. Una nueva tragedia sobreviene a principios del siglo VII con ocasión de la invasión persa de Asia Menor. Trípolis será tomada y arrasada por los sasánidas, dejando poco más que un campo de ruinas. Los habitantes que lograron sobrevivir a la algarada prefirieron concentrarse en las colinas situadas a 5 kilómetros de la ciudad, donde era más fácil defenderse de ulteriores ataques. La ciudad quedó así totalmente abandonada. Prueba de ello es que los invasores árabes del siglo VII no la conquistaron, probablemente porque no había nada que conquistar.

Foto 8.- Restos de galerías abovedadas y muros de sillería pertenecientes al teatro de la ciudad.

En la primera mitad del siglo XIII la vida vuelve a la yerma Trípolis ad Maeandrum. El dinero y las tropas del Imperio de Nicea se afanan en construir una poderosa ciudad fortificada en la cumbre de la colina en cuya falda se hallaban los restos de la ciudad antigua. Consta de un recinto amurallado de 1200 metros de perímetro y un castillo en su flanco NE, erigido a manera de ciudadela o último bastión. La nueva Trípolis será conocida en los textos bizantinos como Neápolis y constituirá una de las dos plazas fuertes clave del sistema defensivo de la región frente a las apetencias territoriales del sultanato turco-selyúcida del Rum. De hecho será entre sus muros donde se firme el tratado de paz de 1243 entre el emperador niceno Juan III Ducas y el sultán selyúcida Giyaseddin Keyhusrev II.

Foto 9.- Base de la Escena del teatro. Aparentemente bien conservada bajo los escombros.

Las huestes bizantinas retendrán el curso alto del río Meandro hasta comienzos del siglo XIV cuando resultan sobrepasadas por las belicosas tribus turcas herederas del colapsado sultanato del Rum. Una vez en poder musulmán y expulsados los bizantinos prácticamente de la totalidad de Anatolia, Neápolis/Trípolis pierde todo el valor estratégico que tuviera en las décadas anteriores y su fortaleza queda abandonada. Es el fin de la milenaria ciudad que ya nunca más volvería a ser habitada.

Foto 10.- Ruinas, a lo lejos, de la muralla medieval (siglo XIII) de Trípolis, entonces llamada Neápolis.

Comenzaremos la visita a la ciudad por su vértice suroeste. Aquél marcado con el número 1 en el mapa de la figura 3: muy útil por cierto para guiarse por el yacimiento arqueológico. En este punto se alzan las ruinas de la llamada “Puerta de Filadelfia”: nombre moderno cuya razón estriba en que por esta puerta penetraba en la ciudad la calzada procedente del oeste, esto es de Sardis y más acá de Filadelfia. Lo que actualmente no es más que un solitario pilar de mampostería aglomerada (foto 1) en otro tiempo fue una puerta monumental cubierta por dos bóvedas de medio cañón paralelas así como apoyadas en seis pilares de sección cuadrada. Su datación ha sido fechada en el siglo II d.C. 


Fotos 11 y 12.- Ruinas de los Baños del Teatro.

Unos pocos metros al este del punto 1, prácticamente al lado de la puerta de Filadelfia, se encuentran las ruinas de un edificio de bastante entidad tal y como revelan sus recios paredones de sillería travertina. Se trata de los “Baños Mayores” de Trípolis (punto 2), habiéndose conservado en relativo buen estado una parte de la sala más oriental, correspondiente con el antiguo caldarium o habitación caliente (fotos 2 y 3). Esta estructura ha sido datada también en el siglo II d.C. 


Fotos 13 y 14.- Restos, bastante deteriorados, del Bouleterion de Trípolis ad Maeandrum.

A poco más de un centenar de metros de las últimas ruinas de los Baños Mayores el terreno se eleva conformando pequeña colina amesetada en cuya cumbre se encuentran las ruinas de la Trípolis clásica. Los bordes de dicha cumbre se encuentran motejados por los restos de la muralla tardorromana (punto 26): bastante deteriorados hasta el punto de sólo mostrar algunos paramentos confusos correspondientes al núcleo tosco de la estructura, elaborado con mampuestos informes aglomerados con mortero de cal (foto 4).

Foto 15.- Pavimento de Opus Sectile, luciendo preciosos mármoles de colores en la calzada contigua al extremo occidental del ágora de la ciudad.

Las ruinas del teatro de Trípolis (punto 3) se alzan a nuestra izquierda según venimos desde los baños mayores. Aunque están sin excavar (foto 5), permanece en superficie lo suficiente para apreciar la pretérita grandiosidad del edificio, que tuviera capacidad para 8000 espectadores y fuera construido sobre la falda de la colina al objeto de aprovechar su pendiente para apoyar las cáveas. 

Los muros principales de las cáveas fueron construidos con elegantes sillares de piedra travertina protegiendo un núcleo macizo de mampuesto tosco aglomerado con mortero de cal. Se conserva relativamente bien el extremo meridional del semicírculo (foto 6) y algo peor el septentrional (foto 7). El acceso al interior del teatro se efectuaba por medio de galerías abovedadas ejecutadas por medio de cimbras sobre las que se vertía el pertinente hormigón de mampostería. Perviven los restos de una de ellas (foto 8). La base de la escena se distingue en superficie (foto 9) y probablemente esté bien conservada bajo los escombros. A su alrededor se encuentran, dispersos, muchos de los sillares de mármol que elevaban dicha escena hasta los 40 metros de altura según las estimaciones de los investigadores. La cronología del edificio es, nuevamente, el siglo II d.C. 

Foto 16.- Stoa occidental del Ágora de Trípolis ad Maeandrum.


Como a un kilómetro de distancia hacia el  noroeste, al pie de la colina de la ciudad, se observan los restos de la muralla medieval de Neápolis, erigida en la primera mitad del siglo XIII por los emperadores nicenos. Como hay mucho que ver y poco tiempo de luz preferimos no caminar hasta allí. Habremos de conformarnos con el recuerdo proporcionado por la foto 10.

Foto 17.- Arco de acceso al Ágora de Trípolis ad Maeandrum.

Subimos por la pendiente de las cáveas hasta alcanzar la cumbre de la colina amesetada. El área excavada de Trípolis aparece ante nuestros ojos un par de cientos de metros hacia el sureste. Entre ella y nosotros se encuentran las ruinas casi del todo soterradas de un edificio de cierto relieve. Corresponden a los llamados “Baños del Teatro” (punto 5) y básicamente consisten en una parte del caldarium de éstos (foto 11) y un muro de travertino bien conservado cuyos imponentes sillares podemos admirar en la foto 12. Su fecha de construcción ha sido datada en algún momento del siglo II  d.C. 

Foto 18.- Plataforma escalonada erigida en el siglo IV d.C. en el extremo meridional del ágora de Trípolis.

Pasamos junto a un grupo de excavadores poco afanosos ya a esa hora de la tarde. En sus rostros se aprecia que tienen ganas de marcharse a casa. No nos ponen ninguna objeción a pasear por el yacimiento. Esto es algo habitual en Turquía y que difiere bastante de España donde no es raro que a los arqueológos y guardas les atraiga en exceso la labor de llamar la atención a todo aquel que se sale mínimamente del camino trazado para los visitantes.

Foto 19.- Puerta de la muralla tardorromana localizada en las proximidades del lado occidental del Ágora.

Justo antes de llegar al área excavada se encuentran las ruinas, aún pendientes de exhumación, del antiguo Bouleterion de Trípolis (punto 6), esto es el lugar donde se reunía el consejo ciudadano para tratar los asuntos relacionados con la administración de la urbe. Presentan un elegante paramento externo de sillares de piedra travertina (foto 13) idéntico al del teatro o el de los baños, siendo también contemporáneo de éstos. El núcleo de los muros fue ejecutado en el habitual opus incertum romano dispuesto en hiladas (foto 14).

Foto 20.- Muralla tardorromana de Trípolis. Frente meridional.

La zona excavada comienza con un tramo de calzada pavimentada con un excelente opus sectile donde alternan mármoles y ónices de diferentes colores (foto 15). No es habitual encontrar esta clase de pavimentos en tan buen estado de conservación. A un lado de esta calzada se alza un potente muro de sillería, al otro una columnata de mármol (foto 16). Este conjunto en realidad es la stoa que bordeaba el extremo occidental del ágora de Trípolis, aún sin excavar. El acceso a dicha ágora se verificaba a través de un arco de medio punto adovelado al que el tiempo ha respetado más de lo esperado (foto 17). También destaca una plataforma escalonada cerca del extremo meridional de la calzada (foto 18). Erigida en el siglo IV d.C., se ha interpretado esta estructura como un punto de descanso para los visitantes del ágora, en cuyos escalones podían sentarse.

Foto 21.- Calzada enlosada localidad extramuros en el sector meridional de la ciudad. A la izquierda vemos la muralla tardorromana de Trípolis.

El extremo sur de esta calzada da a la muralla tardorromana de la ciudad, la cual presenta una puerta en este punto (foto 19). La muralla tardorromana está bastante bien preservada en este sector (foto 20). Es una fortificación muy simple, de tramos rectos, 2,40 metros de grosor, sin apenas torres, erigida con materiales reutilizados. Una tipología muy propia de la época en que fuera construida. Su capacidad defensiva nunca debió pasar de la categoría de moderada.

Foto 22.- Galería porticada y ruinas de habitaciones flanqueando la calzada de la foto 21.

Extramuros y paralela a éstos transcurre una calzada pavimentada con grandes losas de piedra caliza (foto 21). Se encuentra en un estado de conservación excelente. En el lado meridional de esta calzada, el derecho según caminamos, podemos observar los restos de una galería porticada y varias habitaciones (foto 22). La calzada fue trazada en época helenística, teniendo en origen diez metros de anchura los cuales se vieron reducidos a siete cuando se construyera la muralla tardorromana sobre ella. Sin duda fue una de las calles principales de la ciudad.

Foto 23.- Ruinas de un Ninfeo en el cruce entre la calle de Hierápolis y la calzada de la Foto 21.

Tras caminar unas decenas de metros por esta calzada llegamos al punto de cruce de ésta con otra vía que, saliendo de la ciudad, parte en dirección sur, esto es hacia campo abierto. Esta última vía ha sido denominado “Calle de Hierápolis” por ser esta ciudad (Hierápolis) el siguiente jalón de importancia al que llegaríamos caminando por dicha calzada. Al igual que la vía procedente de Filadelfia, por la cual penetráramos en Trípolis, la calle de Hierápolis también disponía de una puerta monumental cuyos restos, bastante arruinados, se encuentran a unos cuatrocientos metros del cruce de calles al que acabamos de llegar. Por su parte, este cruce debió ser sin duda un punto especialmente relevante de la ciudad. Prueba de ello es que fue embellecido en el siglo II d.C. con un ninfeo (fuente monumental) del cual se han conservado tres columnas, pertenecientes a la fuente propiamente dicha, y unas pocas placas de mármol blanco de las que delimitaban el vaso en cuyo interior se acumulaba el agua despedida por la fuente (foto 23). 

Foto 24.- Puerta de la muralla tardorromana por donde penetra la "calle de Hierápolis" en el interior de la ciudad.

La calle de Hierápolis penetra en el interior de Trípolis a través de una puerta en la muralla tardorromana morfológicamente idéntica a la localizada unos cuantos metros al oeste (foto 24), calle arriba. Resultan destacables los profundos surcos excavados en las losas de entrada por el paso de innúmeros peatones y carretas a lo largo de las décadas.

Una vez intramuros la calle de Hierápolis toma el aspecto de una ancha calzada pavimentada con grandes losas de piedra caliza. Fue construida en los primeros tiempos de la dominación romana de la ciudad, siendo su estado de conservación francamente bueno (foto 25). 

Foto 25.- Calzada enlosada de la "calle de Hierápolis" localizada intramuros. 

Apenas hemos caminado unos pocos pasos por la calle de Hierápolis cuando un vistazo hacia la derecha nos dirige hacia los restos de una pequeña iglesia bizantina, con la disposición habitual nártex-nave-ábside. Sobre todo llama la atención su ábside casi circular provisto de una suerte de absidiolo rectangular al fondo (foto 26). Ha sido datada estilísticamente en los siglos V-VI d.C., prolongándose su uso, con algunas modificaciones, hasta el siglo X.

Foto 26.- Ruinas del ábside de la iglesia bizantina localizada al comienzo de la Calle de Hierápolis.

Unos pocos metros calle arriba llegamos hasta la que se puede calificar como la estructura arquitectónica mejor conservada de la ciudad con diferencia. Se trata de un magnífico criptopórtico perfectamente conservado (fotos 27 y 28), sobre el cual se disponía un área abierta identificada con el ágora comercial de la ciudad. La bóveda del criptopórtico está construida con bloques planos descansando sobre una doble serie paralela de arquerías adoveladas de travertino con sus estribos internos apoyados en una hilera de pilares rectangulares y en los muros norte y sur del edifico los externos. Tan magnífica construcción ha sido datada la segunda mitad del siglo II a.C., más o menos en la época en que Trípolis pasara a manos romanas. Fue frecuentemente utilizada al menos hasta el siglo IV d.C. En esta última etapa, la mejor documentada arqueológicamente por obvias razones, el criptotopórtico albergó, en su mitad septentrional, un conjunto de talleres dedicados al trabajo del metal, el hueso y la cerámica. La producción de estos talleres era almacenada en la mitad sur de la estructura, desde donde era distribuida a los establecimientos comerciales situados en el ágora comercial localizada, como dijéramos anteriormente, encima del criptopórtico.


Fotos 27 y 28.- Dos vistas del magnífico Criptopórtico exhumado recientemente en el yacimiento de Trípolis ad Maeandrum.

Adyacente al criptopórtico se alza un edificio abovedado construido íntegramente en opus caementicium romano (foto 29), lo cual no es nada habitual no sólo en Trípolis sino, en general, en las ciudades grecorromanas de Asia Menor. En su interior se han hallado unos valiosos frescos representando a Jesucristo flanqueado por dos ángeles que han sido relacionados con un contexto funerario tan tardío como el siglo IX d.C. 

Foto 29.- Edificio abovedado construido en opus caementicium típicamente romano.

Al norte del edificio abovedado que acabamos de conocer la calle de Hierápolis se encuentra flanqueada, en su lado oriental, por una galería porticada. Las columnas de los pórticos han sido recolocadas en los últimos años (foto 30) al igual que algunas grandes lápidas labradas halladas durante las excavaciones (foto 31). En cualquier caso esta zona está todavía poco excavada, rodeando los paramentos de tierra virgen a las estructuras que acabamos de describir. Y es que todavía queda mucho por hacer y tesoros por descubrir en la antigua Trípolis ad Maeandrum...

Foto 30.- Galería porticada flanqueando la calzada de la calle de Hierápolis.

Aunque todavía había cosas por ver en la ciudad y éramos conscientes de ello, lo cierto es que la tarde, que llevaba ya un rato concluyendo en un fenomenal fogonazo naranja, empezó a convertirse en noche. Quince minutos escasos más y no se vería casi nada, además de que quedaba muy poco para la hora de cierre del yacimiento. Es por ello que decidimos dar por terminada la visita y con ella el día. 30 kilómetros nos separaban de nuestro alojamiento en la célebre localidad turística de Pamukkale. Un ratejo de conducción nada más…

Foto 31.- Lápida tallada con motivos geométricos localizada durante la excavación del área porticada de la calle de Hierápolis.

sábado, 30 de julio de 2016

Descubriendo Asia Menor. Día 8. Sardis, 2ª Parte.

Nos encontramos desandando los escasos cientos de metros que separan al área del gimnasio de la pequeña carretera local que conduce hasta el templo de Artemisa por un paraje poblado de pequeñas viviendas y cultivos minifundistas. Debemos conducir algo menos de dos kilómetros para llegar a nuestro destino. Entretanto vamos a continuar con nuestro relato de la historia de Sardis…

Foto 1.- Muralla romana de Sardis. Siglos III-IV d.C. Núcleo de mampostería de cantos rodados aglomerados con mortero de cal.

En el año 296 d.C. Diocleciano, el Augusto principal, decreta una nueva división territorial del Imperio, diviendo en dos, tres, cuatro y hasta cinco nuevas provincias las antiguas provincias altoimperiales. Las nuevas provincias, mucho más pequeñas que las precedentes y por ende fáciles de controlar por el poder central (motivo principal de esta división), contaban cada una con su propio gobernador, equipo de funcionarios a su cargo y ciudad capital. A su vez las nuevas provincias se agrupaban en un nivel territorial superior llamado Diócesis, dirigida por un vicario imperial. Finalmente las diócesis se agrupaban en una Prefectura, con el correspondiente prefecto a la cabeza.

Foto 2.- Muralla romana de Sardis. Paramento externo de hiladas de mampostería regularizadas con ripios pétreos.

Sardis, que hasta entonces había sido una ciudad más de la gran provincia romana de Asia, fue nombrada capital de la nueva provincia de Lidia, dependiente de la diócesis de Asia, a su vez incluida en la prefectura de Oriente. Un gobernador imperial pasó a residir en su núcleo urbano, en el llamado Pretorio (edificio cuya existencia pretérita es segura si bien sus restos aún no han sido localizados). Pocos años después, reinando Constantino I (306-337), fue construida en Sardis una gran fábrica estatal de armamentos destinada a suministrar a las legiones estacionadas en la diócesis de Asia. La importancia de la ciudad era, como se ve, harto considerable tanto a nivel económico como político y estratégico. Resultaba, pues, de todo punto necesario asegurar la defensa de tan capital enclave frente a cualquier intento de agresión: perfectamente posible en aquel Bajo Imperio convulso y difícil, en el que las impermeables fronteras de los siglos pasados se estaban convirtiendo en recuerdo a marchas forzadas. La respuesta habitual a estas situaciones de riesgo ha sido siempre la construcción de una muralla urbana. Y Sardis, en efecto, tuvo una en época tardorromana de 4 kilómetros de extensión, alrededor de 2 metros de espesor y no menos de 6 metros de alto, encerrando un área de 130 hectáreas: suficiente para el movimiento desahogado de las aproximadamente 75.000 almas que habitaban la ciudad en aquel tiempo. Se ignora el momento exacto de la construcción de esta muralla (para la cual se aprovechó parte de la antigua fortificación lidia del rey Creso), barajándose opiniones que van desde mediados del siglo III, como respuesta a las primeras incursiones bárbaras acaecidas en tierras de Asia Menor, a finales del IV. En principio parece razonable asignarla una datación anterior a la construcción de la fábrica de armamentos: edificio estratégico donde los haya que bajo ningún concepto habría sido emplazado en una ciudad abierta. La datación más probable se encuentra por tanto en algún punto entre mediados del siglo III y el primer tercio del siglo IV.

Foto 3.- Detalle del aparejo utilizado en el paramento externo de la muralla de Sardis.

La vida transcurrió en Sardis durante los siglos IV, V y VI sin mayores contratiempos. Las imponentes infraestructuras erigidas en los siglos pasados continuaron recibiendo un adecuado mantenimiento e incluso mejoras; esto se aprecia especialmente en el área del complejo gimnástico-termal que debió ser, según todos los indicios, el centro neurálgico de la ciudad en época tardorromana. También se construyeron algunas estructuras nuevas de buena calidad, tales como calles adoquinadas, pórticos y la más destacada: una magnífica sinagoga, la más importante de todas las encontradas en contextos de diáspora. No corrieron semejante suerte los templos paganos de la ciudad, donde debemos destacar el de Tiberio y el majestuoso templo de Artemisa, del que hablamos en el post anterior. Impuesto primero el Cristianismo como religión oficial del Imperio y suprimidos los cultos tradicionales poco después, ya no tenían razón de ser y nos consta que ambos templos estaban abandonados a finales del siglo IV y entregados al saqueo sistemático de sus materiales. En el caso concreto del templo de Artemisa la arqueología detecta un pequeño asentamiento de tipo rural contiguo al desierto complejo sacro.

Foto 4.- Muralla romana de Sardis. Tramo bien conservado en el que se observan bastantes piezas reaprovechadas.

La catástrofe llegó en el año 616 de nuestra Era. Un ataque sasánida había roto en 613 las defensas bizantinas y penetrado en el interior de Asia Menor hasta las mismas aguas del Bósforo, devastando todo a su paso. Las mermadas fuerzas imperiales, comandadas por el emperador Heraclio, bastante tenían con conservar a duras penas Constantinopla y algunas plazas fuertes en Bitinia, Misia y la costa del Egeo. Para Sardis no quedó nada y cuando las huestes de Cosroes II cayeron sobre ella no se puedo hacer mucho más que contemplar con horror a la otrora hermosa ciudad consumida por las llamas y el saqueo. En efecto, las investigaciones arqueológicas detectan un incendio generalizado e intenso a comienzos del siglo VII, acompañado de una brusca ausencia de hallazgos numismáticos posteriores al año 616, motivo de que se haya datado en esta fecha la destrucción persa, la cual concuerda adecuadamente con los datos aportados por las fuentes históricas. 

Foto 5.- Vista general del área excavada correspondiente al Templo de Artemisa.

Sardis nunca se recobraría de este golpe. El registro arqueológico permanece mudo durante los cincuenta años siguientes a la fatídica fecha. Sólo sabemos que alguna clase de terremoto, acaecido después del 616, provocó un corrimiento de tierras desde la acrópolis afectando tanto al templo de Artemisa como el complejo gimnástico-termal, agravando aún más la condición de campo de ruinas en que se había convertido la desgraciada ciudad.

A mediados del siglo VII retorna la vida a la ciudad (vida detectable arqueológicamente se entiende, alguna gente habría habido, sin duda, pululando entre las ruinas todo ese tiempo mas sin dejar rastro alguno de su paso). Soldados de la thema (distrito militar) de Thrakesion (Thema de los Tracios) se afanan en rehabilitar la calle principal de Sardis, que con su dirección oeste-este había formado parte desde tiempos inmemoriales de la ruta principal entre la costa del Egeo y el interior de Anatolia. En realidad hoy en día la carretera pasa muy cerca de los restos de dicha calle, conservando milimétricamente tanto su dirección O-E como su utilidad comercial de enlace entre comarcas. De hecho fue la carretera Izmir-Ankara, vital en el sistema viario turco, hasta la construcción de la autovía en tiempos recientes.

Foto 6.- Ruinas del zócalo del Templo de Artemisa.

Las tropas bizantinas también se encargan de erigir una gran fortaleza en la colina de la acrópolis. Sin duda debió costarles muchísimo trabajo pues fue construida íntegramente con materiales reutilizados de la ciudad, que obviamente tuvieron que ser transportados a pura fuerza de brazos desde la llanura hasta las estribaciones de la acrópolis. Entre estos materiales destacan un gran número de inscripciones colocadas con cuidado a fin de que se pudieran ver bien en el muro, esto indica que hubo intención de otorgarle un cierto simbolismo a la fortaleza, quizás a manera de “heredera” del glorioso pasado de la ciudad. Terminadas las obras, quedará una guarnición acantonada en la nueva fortaleza, de lejos la más importante de la región. Su principal tarea es custodiar la vital ruta comercial y militar que discurre de oeste a este a su paso por Sardis. Como suele suceder en estos casos, los habitantes de la zona, atraídos por la seguridad proporcionada por los soldados, se concentran alrededor de la enrocada fortaleza, conformando un asentamiento de razonable tamaño. Es la nueva Sardis.

Foto 7.- Escalinata del Templo de Artemisa.

En el año 716 un nuevo ataque, esto vez protagonizado por incursores árabes, echa por tierra gran parte de la labor realizada en el último siglo. Así, la fortaleza de la acrópolis es tomada y destruida, dispersándose sus habitantes por la campiña. Sardis permanecerá desierta durante los años que se tarda en expulsar a los invasores árabes del interior de Asia Menor. Reconstruida la fortaleza, la vida prosigue en la ciudad de forma muy semejante a la del siglo anterior. El correr de los siglos no alterará significativamente este estado de la situación sino que lo desarrollará. Así, el asentamiento de la acrópolis se nos muestra densamente poblado, cosa que no sucede con los pequeños asentamientos rurales que han ido brotando por la campiña aneja, en la mayoría de los casos aprovechando los edificios o los materiales de la ciudad antigua. La suma de todos ellos conforma la Sardis medieval, con su centro administrativo y militar localizado en la acrópolis fortificada y los “barrios” dispersos aquí y allá, así como viviendo en un régimen de cuasi-autonomía. Recientemente se han exhumado los restos de una iglesia de cierto tamaño que probablemente hiciera las veces de catedral de Sardis y residencia de su obispo en aquellos difíciles tiempos.

Foto 8.- Muro de la Cella del Templo de Artemisa.

Recién comenzado el siglo XIV la fortaleza de la acrópolis se entrega a los turcos selyúcidas tras soportar un asedio. Los textos indican que mayoría de la guarnición derrotada no estaba compuesta por soldados profesionales enviados desde Constantinopla sino por gentes de la zona, campesinos, que prefirieron abrir las puertas a los turcos, negociación mediante, que permitir la destrucción de sus cosechas y el padecimiento de sus familias. Estaba claro que el imperio bizantino agonizaba y su influencia se esfumaba rápidamente por aquellas tierras del interior de Asia Menor. Más les valía, pues, a los sardinios aceptar la nueva situación y empezar a adaptarse a ella. Fue el fin de la Sardis bizantina. Nunca más volvería a oírse la palabra de Cristo en la que fuera una de las Siete Iglesias de la Revelación… 

Foto 9.- Muros romanos de sillería de mármol en primer plano y helenísticos, en segundo plano, levantados con sillería granítica.

Sardis, o lo que quedaba de ella, fue finalmente destruida por los mongoles de Tamerlán en el año 1402. La arrasada fortaleza de la acrópolis nunca más volvió a recibir guarnición ni se pobló su asentamiento. Habrían de pasar bastantes años para volver a ver alzarse poblaciones en aquella castigada tierra y ya, desde luego, no tendrían nada que ver con la mítica capital de Lidia.

Foto 10.- Tambores acanalados correspondientes a las columnas helenísticas del templo de Artemisa.

Cargados de nostalgia por la extinta ciudad, volvemos a nuestro pequeño fiat alquilado. En un momento dado, cuando llevamos andados como unos trescientos metros por la carretera local, pasamos al lado de un maltrecho paredón de crecido espesor y altura considerable (alrededor de 4 metros). Dado que tenía toda la pinta de ser un vestigio de la muralla romana (cosa que, efectivamente, verificamos a posteriori) decidimos parar y examinarlo con atención. Observamos que presenta una factura bastante tosca para lo que es habitual en los estándares de las fortificaciones romanas contemporáneas. Esto apunta a una cronología algo más temprana que el Bajo Imperio puro, concordante por tanto con el arco cronológico 250-330 d.C. que propusimos en un párrafo anterior. Su fábrica es una mampostería sin labrar, compuesta en gran parte por cantos rodados procedentes del cercano río Paktolos, aglomerada con mortero de cal de aceptable calidad (foto 1). Los paramentos exteriores presentan un aspecto moderadamente cuidado (foto 2), intentando conformar una suerte de hiladas para lo cual se emplean multitud de ripios regularizadores de piedra (foto 3). Es evidente que el sistema constructivo empleado es un típico de sistema de tres hojas romano (emplecton) con innumerables paralelismos a lo largo y ancho del Imperio. En mi opinión no se puede hablar de mampostería hormigonada en este caso aunque se le aproxima. Cerca de este lienzo de muralla, al otro lado de la carretera, hay un segundo tramo algo mejor conservado que éste (foto 4). Su técnica constructiva es idéntica aunque luce un mejor aspecto estético debido a la considerable cantidad de materiales reutilizados que presenta tales como bloques de mármol ó tambores de columna.

Foto 11.- Columnas helenísticas, en primer plano, flanqueadas por columnas romanas sin acanalar.

Tras un corto rato de conducción llegamos al templo de Artemisa. El yacimiento está vallado y hay que abonar una entrada (módica) para entrar. El río Paktolos fluye tranquilamente junto a la valla. Al fondo, imponiéndose en el horizonte occidental, se alza la poderosa mole del monte Tmolos, el lugar donde la mitología griega ubicaba el nacimiento del dios Dionisos.

El templo fue construido en el lugar donde se alzaba un santuario dedicado a Artemisa al menos desde el siglo V a.C. Durante las excavaciones se han hallado algunos restos de dicho santuario en regular estado, motivo por el que han sido parcialmente cubiertos. En la foto 5 podemos ver una vista general del área excavada. Se conserva en buen estado el zócalo del templo, construido con una magnífica sillería de mármol blanco unida con grapas de metal (foto 6). De igual material está construida la escalinata del templo (foto 7) y los muros de la cella romana (tan sólo se han conservado un par de hiladas y no en todo su perímetro - foto 8), lo que permite diferenciarlos claramente de los muros de la cella helenística: construidos en un sillería granítica también de buena factura pero menos vistosa. En la foto 9 pueden compararse los muros helenísticos (al fondo) con los romanos (primer plano).

Foto 12.- Columnata del frente oriental del Templo de Artemisa.

El templo, de planta pseudo-díptera, tuvo ocho columnas en su frente y veinte en cada lado largo. Las columnas del templo helenístico tenían un diámetro ligeramente inferior que las del romano, eran más bajas y estaban acanaladas (foto 10). Con motivo de la ampliación de época hadrianea-antonina fueron retiradas de su lugar original y reaprovechadas en la columnata romana, para lo cual hubieron de ser colocadas encima de pedestales al objeto de igualar su altura con la de las columnas romanas. En la foto 11 se pueden ver dos estas columnas helenísticas, flanqueadas por cinco columnas romanas. 



Fotos 13, 14 y 15.- Bases de las columnas romanas del templo de Artemisa, en Sardis. La de la foto 15 luce una inscripción griega en su extremo superior.

Nuestro templo nunca fue terminado del todo. Abandonado en el siglo IV d.C., su cella fue reutilizada como cisterna en la que almacenar el agua a utilizar por un pequeño núcleo rural que se asentó allí con motivo de la desacralización del templo (se han encontrado restos de tuberías que confirman esto). Así mismo comenzó un periodo de amortización de sus materiales, habiéndose localizado en las excavaciones restos de hornos en los que a buen seguro fueron calcinados los magníficos sillares de mármol al objeto de producir mortero de cal de alta calidad. Este proceso continuó durante toda la Tardoantigüedad, la Edad Media y probablemente la Edad Moderna, siendo el motivo de que el templo de Artemisa haya llegado hasta nuestros días prácticamente desmantelado en lo que a muros se refiere y con la mayor parte de sus columnas desaparecidas o mutiladas (sólo dos de ellas se conservan íntegras). En la foto 12 podemos contemplar los restos de la columnata del frente oriental del templo.


Fotos 16 y 17.- Capiteles jónicos, de altísima calidad, del templo de Artemisa.

Merece la pena destacar la gran belleza de las bases de las columnas, excelentemente adornadas con motivos vegetales y geométricos. Las fotos 13, 14 y 15 servirán para ilustrar estos magníficos elementos de apoyo. Por su parte los capiteles de las columnas fueron esculpidos en un riguroso orden jónico adornado con breves pero muy elegantes motivos florales. Los ejemplares de las fotos 16 y 17 constituyen una perfecta prueba de esto que aquí se dice.

Foto 18.- Interior de la iglesia del siglo IV d.C., con su ábside.

En la segunda mitad del siglo IV d.C. fue construida una pequeña iglesia en la esquina SE del templo, provista de una sola nave con un ábside en el extremo (foto 18). Su misión era dar servicio espiritual al pequeño asentamiento que se había ido formando contiguo al templo (probablemente habitado por gente dedicada al reaprovechamiento de sus materiales) al tiempo que se intentaba, sino cristianizar el enorme edificio, sí “contrarrestar” su influencia pagana. Se trata de una práctica bastante común en la tardoantigüedad por lo que no debe de extrañarnos. Esta iglesia fue ampliada con un segundo ábside en algún momento del siglo VI. En la foto 19 podemos ver, en primer plano, este segundo ábside, el cuerpo principal de la iglesia con el ábside original en segundo plano, las dos únicas columnas supervivientes un poco más atrás y la enorme mole del monte Tmolos al fondo de la fotografía.

Foto 19.- La iglesia del siglo IV, con sus dos ábsides. Detrás podemos ver las únicas dos columnas del templo que han llegado intactas hasta nosotros. Al fondo, a lo lejos, descuella el monte Tmolos, allá donde naciera el dios Dyonisos según la mitología griega.

Concluida la visita al templo de Artemisa retornamos al cruce de la carretera principal. La que a la llegada había sido una carretera casi vacía ahora se encontraba ocupada por una pequeña multitud de personas de aspecto humilde. Varios coches iban de acá para allá, hablando con unos y otros. La mayoría de los vehículos eran un modelo franquiciado de Renault 12 con 20 años –por lo menos—a cuestas cada uno, todos ellos con la pintura picada en mayor o menor medida. Desde luego el conjunto resultaba bastante pintoresco; fue curioso observarlo mientras despejaban la vía. 

Figura 1.- Vista aérea de las ruinas conocidas como "Edificio A".

La carretera que lleva hacia el este, coincidente casi con exactitud con la antigua calle principal de Sardis, es también la que se debe tomar para volver a la autovía por lo que seguimos por ella. A unos quinientos metros del complejo gimnástico-termal vemos en lo alto de una pequeña terraza, unos cuantos metros por encima de la cota de la carretera, las ruinas de un muro de considerable empaque, muy probablemente de cronología antigua. No tenemos mucho tiempo pues el día es corto y aún nos queda otro yacimiento que visitar pero aún así nos detenemos a un lado de la carretera y nos acercamos a ver de qué se trata. 

Foto 20.- Las poderosas ruinas del Edificio A.

Comprobamos que el paredón en cuestión tiene forma aproximada de L invertida. En la figura 1 podemos apreciar una vista aérea de este edificio, conocido en los mapas del yacimiento como “Edificio A”. Es un muro poderoso, fuerte, de marcado aire castral (foto 20). Posee una suerte de saetera cubierta con un dintel reutilizado en el tramo mejor conservado (foto 21). Está construido con mampostería sin desbastar aglomerada con mortero de cal, regularizada con frecuentes hiladas simples de ladrillo (foto 22). Este último detalle constructivo permite datarlo con posterioridad a la época romana, en algún momento del periodo bizantino. Como suele ocurrir en estos edificios sin excavar es muy poco lo que se sabe de él. Se ha propuesto su condición de fortificación levantada en el siglo VII al mismo tiempo que la fortaleza de acrópolis (cuyos paramentos son similares) destinada a la vigilancia de la crucial calzada O-E, para lo que contaría con un destacamento de soldados dependiente de la guarnición principal en la acrópolis.

Foto 21- Saetera cubierta con dintel localizada en el Edificio A.

Alrededor de 200 metros o poco más colina arriba, en las terrazas que se hallan por encima de la del Edificio 1, se encuentran los restos del teatro, el estadio y el templo de Tiberio (estos últimos muy arruinados). Lamentablemente no los vimos pues ignorábamos que estaban ahí y bien que nos pesa ya que nos hubiera encantado estudiarlos un poco y fotografiarlos. En  fin, otra vez será. En cualquier caso, quien quiera saber cómo son que vea este vídeo, grabado desde un dron:



De vuelta en la carretera proseguimos hacia el este. Las ruinas del “Edificio D” y de los Baños Orientales quedan a nuestra izquierda. Esta vez llevamos el tiempo demasiado justo y preferimos no pararnos, lo que a la postre acabará por pesarnos pues parece ser que el “Edificio D” son los restos de la basílica bizantina (siglo VI) de Sardis. Tampoco es que se vea gran cosa en superficie: 6 pilares de sillería reaprovechada coronadas por muñones de arquerías de ladrillo. De nuevo habrá de ser en la siguiente ocasión.

Foto 22.- Ruinas del Edificio A. Aparejo típicamente bizantino de mampostería regularizada con hileras de ladrillo.


Un poco más de 100 kms nos separan del siguiente hito en nuestro viaje. Lo conoceremos en la siguiente entrada de este blog…