sábado, 10 de septiembre de 2016

Descubriendo Asia Menor. Día 9. Hierápolis, 1ª Parte.

Pamukkale es una ciudad más bien pequeña que podría calificarse de turística dado el elevado número de hoteles que hay en ella, algunos de elevada categoría, pero que desde luego no lo es según los baremos occidentales ya que, fuera de los hoteles, exhibe un urbanismo algo degradado, con abundancia de bloques de viviendas muy humildes, calles estrechas, algunas mal asfaltadas, y escasos locales comerciales. 

El motivo principal de que haya tantos hoteles es la ciudad no es la proximidad de las ruinas de la ciudad grecorromana de Hierápolis sino la presencia de varias piscinas de aguas termales y las formaciones geológicas de travertino blanco que han hecho célebre a Pamukkale: desde luego muy curiosas y bonitas de ver, sobre todo al amanecer y al atardecer (foto 1).      

       Foto 1.- Vista de la ladera de la colina de Hierápolis, cubierta de blanco travertino.   

Nuestra intención era, como se puede suponer, visitar la mencionada Hierápolis. No obstante no dejamos de ver tampoco las formaciones de travertino aunque sólo fuera porque es necesario pasar por ellas, a pie y descalzo (a fin de no ensuciar las níveas superficies), para alcanzar las ruinas. Resulta una experiencia peculiar caminar descalzo por las lisas superficies de travertino blanco, no diremos que agradable sobre todo porque a finales de otoño la piedra está bastante fría. En principio intentamos caminar por las zonas secas pero pronto comprobamos que era mejor ir por en medio de las corrientes de agua termal (ricas en sales calcáreas cuya precipitación da lugar a las formaciones de travertino) no sólo por que se pasaba menos frío sino porque la propia pisada resultaba más cómoda y relajada. La subida a la colina donde se alza la ciudad, aproximadamente quinientos metros con una pendiente considerable, hay que hacerla de esta manera. Lo bueno es que la piedra no resbala en absoluto a pesar de su lisa superficie; de lo contrario los accidentes serían forzosamente frecuentes y tal ruta de acceso estaría con toda probabilidad prohibida. Sea como sea existe otra forma más convencional de llegar a las ruinas, incluso en coche, a la postre la que utiliza la mayoría de la gente.  

Figura 1.- Monedas de bronce acuñadas en Hierápolis durante el periodo imperial. De izquierda a derecha y de arriba abajo: 1.- AE16 semiautónomo del siglo II, 2.- AE18 en nombre del emperador Claudio, 3.- AE21 en nombre de la emperatriz Crispina, esposa de Cómodo, 4.- AE24 semiautónomo. Época de Filipo I el Árabe.

El yacimiento de Hierápolis se extiende por la cumbre amesetada de la colina. Constituye un conjunto arqueológico de primer orden cuya visita resulta prácticamente obligatoria para el enamorado de estos temas, todo ello a pesar de que sólo está excavado un porcentaje relativamente pequeño del área habitada en la Antigüedad. Como siempre hacemos al llegar a este punto, vamos a conocer un poco su historia antes de adentrarnos en sus evocadoras ruinas…

Hierápolis, ciudad frigia, fue fundada en algún momento de la primera mitad del siglo III a.C., esto es en época helenística temprana, al objeto de aprovechar los abundantes recursos hídricos del emplazamiento. Su nombre quiere decir “Ciudad Sagrada” en lengua griega y tiene su origen en la existencia, dentro de su recinto, de una caverna natural en la que se producían –y se producen—emanaciones espontáneas de gases venenosos, razón por la que el lugar era considerado una de las puertas del inframundo (un plutonium) y, como tal, recibía culto desde mucho tiempo atrás. La nueva ciudad sería consagrada a Ápolo Archegetes --un sincretismo entre el dios Apolo griego y alguna divinidad masculina autóctona de Anatolia occidental-- bajo cuya advocación fueron consagradas la mayoría de las fundaciones helenísticas de la región.

Figura 2.- Plano del yacimiento arqueológico de Hierápolis.

Hierápolis formaría parte del imperio Seleúcida hasta que la derrota de Antioco III en la batalla de Magnesia (190 a.C.) deja todo el territorio de Asia Menor hasta la línea de los montes Tauros, muchos kilómetros hacia levante, en poder del reino atálida de Pérgamo. La ciudad prosperaría bajo la égida pergamena, entrando finalmente en la órbita romana con motivo de la ejecución del testamento de Átalo III, el último monarca atálida, el cual dejara su reino en herencia a la república romana (133 a.C.).

Como ya hemos visto en el caso de otras ciudades próximas, Hierápolis también se beneficiaría grandemente de la apertura a los mercados occidentales proporcionada por su inclusión en las rutas comerciales dominadas por Roma. Su prosperidad se asienta por un lado en la producción de tejidos de lana y por otro en el cuidadoso teñido de éstos, labor ésta en la que los hierapolitanos destacaban gracias al empleo del agua caliente de sus múltiples fuentes termales, la cual, según el geógrafo griego Estrabón, contribuía poderosamente a la fijación de los tintes en los tejidos.
  

Fotos 2 y 3.- Pilares de sillería (arriba) y arco de medio punto adovelado (abajo) pertenecientes al antiguo Gimnasio de Hierápolis.

En el año 60 d.C., reinando Nerón en Roma, un fuerte terremoto golpea la ciudad, devastándola gravemente. Las labores de reconstrucción progresarán lentamente durante la década siguiente hasta que el afianzamiento de Vespasiano en el trono romano (año 69) proporciona la suficiente estabilidad en el Imperio como para estimular las labores de reconstrucción en las ciudades afectadas por el terremoto del año 60. Comienza así una etapa de frenética actividad edilicia en la ciudad de Hierápolis, la cual se prolongará durante todo el periodo Flavio (69 – 96 d.C.). La mayor parte de los edificios monumentales de la ciudad tales como el templo de Apolo, el teatro, los baños y las puertas honoríficas, cuyas ruinas podemos contemplar hoy, son erigidos en este momento.

Foto 4.- Ninfeo del siglo III perteneciente al complejo sacro en honor a Apolo.

La prosperidad de Hierápolis alcanza su cénit durante el siglo II d.C., prolongándose el buen estado de las finanzas municipales durante las primeras décadas del siglo siguiente. Sin duda aquella fue una época dorada para Asia Menor: protegida por la Pax Romana así como enclavada en la mejor posición posible para beneficiarse de las relaciones comerciales entre oriente y occidente. En la siguiente figura podemos contemplar cuatro monedas de bronce acuñadas en Hierápolis entre los siglos I y III a manera de modesta representación del elevado número de emisiones identificadas hasta la fecha, lógica consecuencia de la bonanza económica que caracterizara a aquellos tiempos.

Foto 5.- Detalle del ninfeo del templo donde se observan sillares reutilizados en su paramento superior.

Parece ser (y digo parece pues las crónicas contemporáneas no lo indican específicamente) que Adriano pasó por Hierápolis en el año 130 d.C. a la cabeza de las legiones romanas, camino de Siria-Palestina, donde los judíos habían vuelto a revelarse. Esta visita, la primera de un emperador romano que recibía la ciudad, debió suponer un acontecimiento de lo más memorable para los hieropolitanos, cuyo aprecio y devoción por la imperial figura fueron recompensados por Adriano con la devolución del Aurum Coronarium, esto es el donativo que realizaban todas las ciudades a cada nuevo emperador con ocasión de su entronización. No contento con esto, Adriano impulsó la construcción de una espléndida ágora monumental, una de las mayores y más lujosas de Asia Menor, llamada a ser durante muchos años el más imponente de los edificios hieropolitanos. En respuesta a tan singulares mercedes la agradecida ciudad mandaría esculpir dos estatuas de gran calidad: una dedicada a este emperador y otra a su esposa Sabina, las cuales han llegado hasta nuestros días bastante deterioradas pero reconocibles. 

Foto 6.- Vista del podio escalonado del templo de Apolo.

Es posible que Lucio Vero también pasara por la ciudad en el año 166 con ocasión del retorno a occidente de las tropas desplegadas durante la reciente guerra con Partia (que anduvo por las inmediaciones lo sabemos seguro gracias a la epigrafía). En esta ocasión, sin embargo, la visita imperial no debió ser un acontecimiento feliz toda vez que vino acompañada de una terrible plaga (alguna clase de viruela o sarampión) que golpearía a Hierápolis, a Asia Menor y, en general, al Imperio entero, pasando a la historia con el nombre de Plaga Antonina (por Antonino, el cognomen del emperador Marco Aurelio).

Foto 7.- Enlosado superior y arranques del muro cella del templo de Apolo.

Durante el reinado de Septimio Severo (193-211) la ciudad resulta especialmente beneficiada por la gracia imperial, tal y como demuestra la intensa actividad constructiva del momento, dedicada tanto a la erección de nuevos monumentos como a la mejora y engrandecimiento de los anteriores. Destaca aquí la nueva escena del teatro, de una elevadísima calidad técnica, donde aparece esculpida la familia imperial Severa en lo que supone una clara evidencia del favor imperial mencionado anteriormente. Este interés de Septimio Severo por Hierápolis pudo deberse a su estrecha relación con el sofista Antípatro, natural de la ciudad, a quien nombrara representante de todas las ciudades de habla griega del Imperio y, en un plano mucho más personal, preceptor de los jóvenes príncipes Caracalla y Geta.

Foto 8.- Paramento de recia sillería travertina colocada con alternancia no uniforme de sogas y tizones en el templo de Apolo.

El amor entre Hierápolis y la dinastía Severa continuará durante el reinado de los representantes “menores” de ésta. Así, Heliogábalo le concede el tanto tiempo ansiado Neokorato (tal vez el más reputado de los títulos oficiales que podía recibir una ciudad grecorromana, por cuya concesión éstas competían de firme), con derecho a erigir un templo majestuoso en el que adorar de forma oficial y solemne a la figura imperial. Por su parte, el reinado de Alejandro Severo presenciará la construcción de un maravilloso ninfeo (fuente monumental) próximo a la entrada septentrional de la ciudad, cuyas ruinas son conocidas en la actualidad como “el Ninfeo de los Tritones”.

Foto 9.- Inscripción griega exhumada en el área del templo en la que se menciona al dios tutelar Apolo (segunda línea).

Vamos a escoger este crucial momento histórico del final de la dinastía Severa y el comienzo del agitado periodo conocido como la Anarquía Militar para detener nuestro relato de la historia de Hierápolis y acometer la descripción de los magníficos restos monumentales pertenecientes al Alto Imperio que han llegado hasta nuestros días. De esta forma dividiremos esta etapa de nuestro viaje en dos entradas más o menos similares tanto en tamaño de texto como en contenido histórico. A por ello pues.

El plano de la figura 2 nos servirá para orientarnos un poco en este enorme yacimiento. Como indicamos en el párrafo anterior en esta ocasión sólo nos vamos a detener en los monumentos altoimperiales; los bajoimperiales o bizantinos los conoceremos en la siguiente entrada de este blog.

Foto 10.- Fragmento de friso ricamente esculpida perteneciente a la otrora exuberante ornamentación escultórica del templo de Apolo.

El mejor conservado de los monumentos clásicos de Hierápolis son los llamados “Baños Mayores” (número 1 del plano), localizados muy cerca del punto en el que concluyen las blancas terrazas de travertino por las que hemos “escalado” la ladera de la colina. Este complejo termal nunca ha estado enterrado, habiendo conservado las inmensas bóvedas de sillería en buen estado. De hecho fue utilizado en la Baja Edad Media, durante la última etapa de existencia de la ciudad, como centro administrativo de ésta. En la actualidad alberga el museo arqueológico provincial, reuniendo una colección de las mejores piezas halladas tanto en Hierápolis como en su comarca. Por este motivo ha recibido bastantes reformas modernas que han alterado un tanto su fisonomía romana original. Por falta de tiempo no llegamos a entrar en él. Otra vez será.

Foto 11.- La boca del plutonium de Hierápolis (derecha) adosada al muro meridional del templo de Apolo.

Junto a los baños mayores se encuentran los restos del gimnasio principal de la ciudad. Sus ruinas están poco excavadas y, en apariencia, pobremente conservadas, reduciéndose a unos cuantos pilares de sillería (foto 2) y algún que otro arco de medio punto adovelado a medio sepultar (foto 3).

Caminamos unos cientos de metros por la senda principal que se interna en el yacimiento. Pronto desaparecen los tramos asfaltados y los edificios modernos (hay un pequeño hotel junto a los baños mayores que incluye una piscina de época clásica en su interior, todavía en uso), siendo sustituidos por caminos de tierra y ruinas antiguas. Desde luego la vista, mucho menos antropizada, ha mejorado significativamente.

Foto 12.- La plateia hieropolitana excavada unos metros al sur del complejo sacro de Apolo.

Nuestros pasos nos llevan hasta los restos de un edificio cuya pretérita elegancia salta a la vista a pesar del deterioro provocado por los siglos. Se trata de un monumental ninfeo (punto 5 del plano) erigido a comienzos del siglo III, en tiempos de Septimio Severo.  El edificio tiene forma de U, habitual en los ninfeos, conservándose bastante bien su muro principal (foto 4), de gran grosor (entre 3 y 4 metros según las zonas). Su fábrica es de sillería de piedra travertina (foto 5), en muchos casos reutilizada, detalle éste que pone de relieve la cronología relativamente tardía del edificio. Una elegante escalinata de mármol permitía el acceso del público al estanque donde vertía la fuente del ninfeo.

Foto 13.- Serpenteante canal de travertino: uno más de los muchos que hay en el yacimiento de Hierápolis.

La responsable última de la condición monumental del edificio era una columnata porticada de gran valor estético que se apoyaba sobre el muro principal del que acabamos de hablar. No se ha conservado nada de ella más allá de alguno restos de capiteles, arquitrabes, molduras y frisos marmóreos, todos ellos esculpidos con la suficiente finura como para insinuar la gran belleza artística que otrora poseyera este ninfeo. 

A la espalda del ninfeo se levantan las ruinas de un gran complejo sacro dedicado a Apolo (punto 6 del plano). Constaba de un gran templo monumental de orden dórico y un recinto porticado adosado a su fachada occidental. De este último no queda mucho (algunos capiteles, molduras y poco más), del primero se conserva el podio escalonado del templo en razonable buen estado (foto 6) así como algo del enlosado superior y los arranques del muro cella (foro 7), todo ello levantado en una recia, imponente y perfectamente labrada sillería de piedra travertina (foto 8). El pórtico fue construido en época Flavia, también debió edificarse en ese momento un primer templo sustituido posteriormente, reinando Septimio Severo, por éste cuyos restos contemplamos. Los materiales reutilizados que se ven en el ninfeo deben proceder de ese primer templo así como del propio pórtico, remodelado al mismo tiempo que se construían el segundo templo y el ninfeo. En realidad el ninfeo formaba parte del complejo sacro del templo de Apolo, siendo estrictamente contemporáneo del segundo templo.

Foto 14.- Ruinas de un edificio monumental romano todavía no excavado ni estudiado.

La consagración a Apolo de este complejo sacro es segura gracias a la explícita información proporcionada por inscripciones como la de la foto 9. Posteriormente también fue empleado como lugar de culto a la familia imperial, habiéndose localizado entre sus ruinas las estatuas de Adriano y Sabina mencionadas algunos párrafos más atrás. En sus buenos tiempos debió ser una obra maravillosa: armónica y firme, elegantemente adornada con profusión de esculturas y piezas talladas de las cuales se han conservado algunos testimonios (foto 10). De hecho, lo más probable es que el Neokorato concedido por Heliogábalo fuera llevado a la práctica en este templo ya que no se han localizado ulteriores recintos sacros con la entidad suficiente como para oficiar tan elevado menester.

Foto 15.- El grande teatro romano de Hierápolis.

El emplazamiento de este complejo sacro no fue escogido precisamente al azar sino con un muy buen motivo: la presencia de cierta caverna natural, ya mencionada anteriormente, de cuya boca brotaban gases venenosos, motivo por el que fue considerada en la Antigüedad una de las puertas al inframundo o lo que es igual, un plutonium (punto 7 del plano). Dado que el lugar era considerado sagrado desde una época muy temprana, la construcción del templo junto a él parecía una decisión lógica. En efecto, la boca de la famosa caverna fue localizada durante las excavaciones del templo adosada al muro meridional de éste así como enmarcada por un elegante arco de medio punto de mármol tallado (foto 11). Todavía manan gases tóxicos de ella hasta el punto de que algunos obreros resultaron intoxicados durante las labores de excavación. Es por ello que se decidió tapiarla parcialmente a fin de evitar accidentes.

Foto 16.- Detalle del teatro romano donde se observa la magnitud de sus bóvedas y arcos de sillería travertina.

La vía principal de Hierápolis, llamada plateia en los tiempos antiguos, pasaba por delante del ninfeo a una cota ligeramente más baja, cuyo desnivel era compensado con la escalinata que describimos al pie de aquél. De esta forma se facilitaba el acceso directo al complejo sacro de Apolo desde la plateia. La excavación de la zona ha sacado a la luz algunos restos de esta vía principal, suficientes para deducir su carácter porticado, con arquitrabes esculpidos y dinteles con inscripciones (foto 12). 

Foto 17.- Las magníficas cáveas del teatro de Hierápolis con su diazoma central.

Abundan los canales de travertino en este sector del yacimiento debido a la pendiente que tiene. A pesar de que parecen artificiales, en realidad son estructuras naturales creadas por la sedimentación del carbonato cálcico disuelto en las aguas al paso de éstas en su camino hacia el borde de la colina y la ladera que conduce al valle. En la antigüedad las abundantes fuentes de agua que hacían famosa y rica Hierápolis eran conducidas de forma racional por medio de múltiples canalizaciones, tanto en régimen laminar como forzado (tuberías). Sin embargo con la decadencia y posterior abandono de la ciudad estas canalizaciones quedaron inutilizadas, tomando el agua otros caminos regulados por los caprichosos dictados de la pendiente y el relieve del terreno. Los serpenteantes canales de travertino, tales como el de la foto 13, que se ven por todas partes en ésta y en otras áreas de Hierápolis, son el registro fósil de aquellos nuevos cauces tomados por las aguas tras la desaparición de las conducciones clásicas.

Foto 18.- La escena reconstruida del teatro de Hierápolis.

Todavía queda mucho por excavar en el antiguo solar de Hierápolis. Poco a poco van siendo exhumados restos de edificios como el de la foto 14, cuya poderosa fábrica de sillería y gran tamaño de los muros permite hipotetizar su carácter público y monumental. Nada más puedo agregar sobre esta construcción pues ni aparece señalizada in situ ni he encontrado nada sobre ella en la bibliografía del yacimiento.

Foto 19.- Vista general del espléndido interior del teatro de Hierápolis.

El terreno va ascendiendo ligeramente a media que nos internamos en la parte oriental del yacimiento. Frente a nosotros se alza un enorme teatro romano (foto 15) francamente bien conservado. Fechado en el último tercio del siglo I, durante la reconstrucción flaviana de la ciudad tras el terremoto del año 60, fue reformado a comienzos del siglo III. El muro de la escena, riquísimamente adornado con relieves y esculturas, data de esta última época.

Foto 20.- Tumbas de cronología imperial romana localizadas en la necrópolis oriental de Hierápolis.

La fábrica principal del teatro es una magnífica sillería de travertino. Los bloques son de gran tamaño y muy bien escuadrados, colocados en seco sin concurso de argamasa en la más pura tradición del opus quadratum romano. Algunos muestran rebordes hemiesféricos utilizados durante la construcción del edificio para el apoyo del andamiaje. 

El acceso al interior del edificio se verificaba por medio de galerías cubiertas con altas bóvedas de medio cañón impecablemente labradas en sillería adovelada (foto 16). El resultado es de una gran belleza visual. El muro de la escena parece algo más tosco de aspecto, evidencia clara de su más tardía ejecución, Su fachada exterior se encuentra horadada por seis galerías abovedadas alineadas flanqueando en grupos de tres la entrada central.

Foto 21.- Tumba de pedestal dela necrópolis oriental con su sarcófago conservado in situ.

Las cáveas se dividen en dos niveles sucesivos con diazoma central (foto 17). Están muy, muy bien conservadas hasta el punto de poder calificarse de funcionales. Por su parte la escena porticada (foto 18) ha sido reconstruida en los últimos años valiéndose de los elementos hallados durante la excavación y de un exhaustivo estudio del monumento. El proceso, arduo y complejo, se denomina anastilosis y permite éxitos como el del presente teatro (foto 19), cuya escena combina con maestría el respeto a la realidad histórica y la belleza estética.

Foto 22.- Sarcófago con inscripción funeraria localizado en la necrópolis oriental de Hierápolis.

La muralla tardorromana, que conoceremos en la próxima entrada, transcurre a unas cuantas decenas de metros del teatro de Hierápolis. Al otro lado de ella, ya fuera de la ciudad, podemos ver algunas tumbas de cronología altoimperial semienterradas (foto 20), pertenecientes a la llamada Necrópolis Oriental, todavía sin excavar. Son de tipo “casa”, ejecutadas en piedra travertina. Sin duda albergaron las cenizas de hieropolitanos acaudalados. La de la foto 21 conserva todavía, si bien bastante deteriorado, el sarcófago que contuviera los huesos del finado. Un sarcófago mejor conservado descansa sobre el terreno a pocos metros de las tumbas anteriores, labrado con una inscripción (foto 22) en la que se detalla el nombre del propietario de la tumba y las fórmulas habituales de la antigüedad acerca del respeto a ésta, incluyendo el castigo, normalmente en forma de multa pero a veces también de terribles maldiciones, que podía sobrevenirle al que la profanara o deteriorara. 


Fotos 23 y 24. Calles secundarias de Hierápolis con su calzada enlosada en muy buen estado de revista.

Además de la vía principal o plateia los arqueólogos han exhumado otras calles, de tipo secundario, reuniendo los suficientes datos para definir tanto la estructura física de éstas como su ordenamiento urbano: de tipo ortogonal tal y como era de esperar dado el origen helenístico de la ciudad. Unas son más estrechas (foto 23) que otras (foto 24), pero todas lucen un aspecto bastante decente merced a su bien conservado enlosado de piedra caliza. De hecho hoy en día se usan para ir de un lado a otro del yacimiento, evitando así el campo a través.

Foto 25.- Vista del lado oriental del ágora adrianea de Hierápolis, el único que todavía restos de cierta entidad.

Caminando por una de las calzadas descritas en el párrafo anterior (la de la foto 24 concretamente) llegamos hasta el lugar donde se encontrara la magnífica ágora de la ciudad, construida en tiempos de Adriano a raíz de su visita a Hierápolis en el año 130. Dado que éste fue el primero de los edificios clásicos en ser abandonado, su expolio comenzaría mucho antes del abandono de la ciudad, desapareciendo en su mayor parte en el proceso. Y es una pena pues a juzgar por la gran calidad de los tambores de columna, capiteles, dinteles, arquitrabes y demás piezas exquisitamente esculpidas que se han ido exhumando durante las excavaciones se trataba de un conjunto porticado realmente sobresaliente. El caso es que hoy en día debemos conformarnos con el disfrute de las ruinas, pobres pero de cierta entidad “volumétrica”, correspondientes al lado oriental del rectángulo que, como todas las ágoras, describía ésta de Hierápolis (foto 25).


Fotos 26 y 27.- Vistas de la plateia en el tramo conocido como la Calle de Frontino: de lejos el tramo mejor conservado de calzada romana en todo el yacimiento de Hierápolis.

Tras visitar el ágora adrianea salimos a una calle ancha, elegante, armónica, bonita, pulcramente enlosada,… un auténtico regalo del destino para el visitante actual. Se trata de la calle principal de la ciudad o plateia, parte de la cual ya visitamos anteriormente, y que atravesaba longitudinalmente la ciudad de norte a sur, estando flanqueada a cada lado por una galería porticada. De todos los tramos de la plateia excavados éste es con mucha diferencia el mejor conservado (fotos 26 y 27), constituyendo uno de los platos fuertes de la visita al yacimiento tanto por su belleza intrínseca como por las ruinas monumentales dispuestas a ambos lados de la blanca calzada.

Foto 28.- Vista del extremo meridional del ninfeo de los tritones, con el ala sur, el muro trasero y el podio del estanque.

Una de esas ruinas monumentales es la perteneciente al llamado “Ninfeo de los Tritones”, construido en  tiempos de Alejandro Severo al objeto de proporcionar una fuente cerca del límite de la ciudad donde los visitantes de la ciudad, especialmente las caravanas comerciales, pudieran saciar su sed y refrescarse. En su día estuvo ricamente adornado con columnas, frisos, arquitrabes y molduras esculpidos, destacando los tritones –de donde le viene el nombre—tallados en la base del estanque de mármol sobre el que vertían las fuentes del ninfeo. La representación artística de la figura 3 nos muestra el aspecto que tuviera en sus mejores tiempos. Tiene forma de U, con dos pequeñas alas laterales horadadas por sendos nichos otrora adornados con estatuas (foto 28). Tras cesar en su labor como fuente monumental en el siglo IV, su muro trasero fue aprovechado como parte de la muralla tardorromana, función que cumpliría durante trescientos años hasta que un nuevo terremoto lo echara debajo, destruyéndolo casi por completo. En la foto 29 podemos ver lo que queda de este ninfeo (segundo plano) y la calzada de la plateia (primero).

Figura 3.- Representación artística del ninfeo de los Tritones tal y como se veía en la segunda mitad del siglo III d.C.

Caminamos por la enlosada plateia en dirección norte, esto es hacia afuera de la ciudad. Las ruinas de un elegante edificio porticado se alzan a nuestra derecha. Las fotos 30 y 31 nos muestran este edificio visto desde dos puntos distintos. Está muy bien restaurado, habiéndose recolocado las columnas localizadas en las excavaciones con tanto acierto como coherencia. El estudio de la construcción revela que estamos ante unas letrinas monumentales, destinadas a “aliviar” las necesidades de los visitantes de la ciudad nada más entrar en ésta.

Foto 29.- Vista de la calzada de la plateia en primer plano con el ninfeo de los tritones al fondo.

Muy cerca de las letrinas la calzada termina (o mejor dicho empieza) al pie de una hermosa puerta monumental (punto 11 del plano) erigida en tiempos de Domiciano (foto 32), concretamente entre los años 84 y 86, dedicada al procónsul de Asia Sexto Julio Frontino, razón por la que se la denomina “Puerta de Frontino” y al tramo de plateia anejo “Calle de Frontino”. Todo esto lo sabemos gracias a la inscripción situada en el frontón de esta puerta monumental (foto 33). Consta de tres arcos de medio punto de muy buena factura (foto 34) apoyados sobre pilares prismáticos. Sobre ellos se alza un cuerpo superior en el cual se encuentra la inscripción anterior y que en su día estuvo adornado con estatuas colocadas en los espacios cúbicos situados al efecto. Por último observamos, flanqueando los vanos de la puerta, dos torrecillas cilíndricas: huecas y con entrada adintelada, de tipo ceremonial (no defensivo).


Foto 30 y 31.- La gran letrina ubicada junto a la salida (o entrada) septentrional de Hierápolis vista desde ángulos distintos.

La puerta de Frontino marcaba el inicio del trazado urbano de Hierápolis. Se cree que había otra puerta, más o menos similar, en la otra punta de la plateia, en el extremo meridional de la ciudad. Hacia afuera de éstas comenzaba la campiña, razón por la que no solía haber edificios de entidad por allí. No es el caso, sin embargo, de Hierápolis, donde las ruinas de un magnífico edificio de sillería travertina, en el que destacan por méritos propios los enormes arcos de medio punto adovelados, se alzan unas decenas de metros al norte de la puerta de Frontino, ya fuera de la ciudad (foto 35).

Foto 32.- La puerta de Frontino, erigida durane la cuarta potestad tribunicia del emperador Domiciano.

El análisis de esta singular construcción, todavía sin excavar, indica que fue construida en el siglo II d.C. y que originalmente se trataba de un monumental recinto termal (baño), destinado a la purificación mediante la limpieza de todo aquel visitante que quisiera entrar en la ciudad de ahí su ubicación extraurbana. Estamos ante una medida básica de prevención de las enfermedades enmascarada por una tradición religiosa muy extendida en Asia Menor. De alguna manera esto explica que en la primera mitad del siglo VI, cuando el conjunto llevaba ya, probablemente, bastante tiempo fuera de uso, su caldarium fuera reconvertido en iglesia. Para ello no sólo se repararon los desperfectos que pudiera haber en su estructura sino que se le añadieron algunos elementos arquitectónicos adicionales entre los que destaca un hermoso ábside de gran tamaño. En este uso sacro permaneció durante bastante tiempo hasta su destrucción final por un terremoto en algún momento de la alta edad media. Hoy en día se conoce esta estructura como los Baños-Basílica (punto 12 del plano) y así suele aparecer mencionada en la bibliografía.


Foto 33 (arriba).- Inscripción conmemorativa de la construcción del arco de Frontino. Foto 34 (abajo).- Detalle de uno de los tres arcos de medio punto adovelados que conforman el vano de la puerta de Frontino.

Allá donde acaban los Baños-Basílica comienza el que fuera, durante los siglos XVII, XVIII y XIX, el más importante atractivo de la desierta ciudad a juzgar por el énfasis y la admiración que despierta en los relatos de los viajeros de entonces. Se trata de la enorme Necrópolis Septentrional de Hierápolis: la mejor conservada del mundo antiguo y en donde se pueden encontrar multitud de tumbas de toda clase y datación, desde las más monumentales a las más humildes; desde las más antiguas, fechadas en época helenística, a las más modernas, correspondientes al siglo IV de nuestra Era. Sólo la visita a esta inmensa colección de edificios funerarios justifica sobradamente la visita al yacimiento.

Foto 35.- La imponente fachada occidental de los Baños-Basílica.

Resultaría tremendamente extenso describir todas las tumbas que hay en esta necrópolis, incluso hacerlo con las más vistosas supera con mucho las pretensiones de este trabajo. Sí comentaremos que el tipo funerario más utilizado con diferencia es el “modelo casa”, consistente en un pedestal con forma de “casa”, de ahí su nombre, con lo que esto implica: forma cúbica, hueco, con puerta, ornamentado (en ocasiones mucho) con molduras, inscripciones, tallas, etc, sobre cuya “azotea” se colocaban el sarcófago o los sarcófagos (según el tamaño del pedestal) que contenían los restos mortales de los finados. Ya vimos algún ejemplo de este modelo al visitar las tumbas de la necrópolis oriental. En la foto 36 podemos ver dos de estas tumbas con sus pedestales abajo y los sarcófagos arriba, concretamente dos en el caso de la tumba que figura en primer plano. Estas tumbas “casa” solían disponer de un pequeño recinto alrededor, normalmente ajardinado, donde los familiares se reunían periódicamente para honrar a sus muertos. Dichos recintos eran también de buena albañilería cuando se trataba de hierapolitanos especialmente acaudalados, conservándose ejemplares como el de la foto 37, donde se observa la puerta de sillería que daba acceso al recinto funerario. 

Foto 36.- Tumbas de tipo "casa" con sus sarcófagos localizadas en la necrópolis septentrional de Hierápolis.

Otro modelo funerario utilizado en Hierápolis era el de la capilla funeraria. Básicamente seguía el mismo principio que los panteones actuales: un edificio en forma de capilla en cuyo interior se depositaban los sarcófagos. Por regla general se trataba un modelo más caro que el tipo “casa” al requerir un mejor acabado arquitectónico. Estas capillas funerarias también disponían de su propio recinto e incluso, en los ejemplares más suntuosos, un segundo edificio adosado la tumba en sí, donde los familiares podían no sólo reunirse sino incluso celebrar banquetes ceremoniales en memoria de los finados. La más imponente superviviente de esta clase de tumba es la conocida como A18 (foto 38): construida en época flavia, se caracteriza por su elegante capilla funeraria con tejado a dos aguas y, lo más llamativo, una magnífica habitación abovedada aneja, labrada en una sillería de excelente calidad. Sin duda alguna el precio de construcción de esta tumba debió ser absolutamente prohibitivo, sólo al alcance de una familia hierapolitana tremendamente acaudalada, perteneciente a la élite dirigente de la ciudad.

Foto 37.- Tumba de tipo "casa" con la puerta de su recinto anejo en buen estado de conservación.

En el lado opuesto de la jerarquía social, el modelo funerario situado por debajo del tipo “casa” consiste en una simple base de sillería sobre la que se depositaba el sarcófago. De esa forma se reducía el oneroso pedestal del tipo “casa” a su mínima expresión, abaratándose en gran medida la obra. La foto 40 corresponde a un excelente ejemplar de este tipo, donde destaca el buen estado del sarcófago, conservando incluso su tapa con forma de tejado a dos aguas, algo nada habitual en esta clase de elementos funerarios.

Foto 38.- Sarcófago de buena calidad colocado sobre pedestal simple de sillería travertina.

Concluida la visita a la necrópolis septentrional damos por terminada esta entrada. En la próxima vamos a ir desandando el camino seguido hasta aquí, centrándonos en esta ocasión en los edificios de cronología tardorromana y bizantina de la ciudad. ¡Un saludo hasta entonces!

sábado, 27 de agosto de 2016

Descubriendo Asia Menor. Día 8, 3ª Parte. Trípolis ad Maeandrum

Yenicekent es el nombre de una pequeña población turca situada a una docena de kilómetros de la carretera general que comunica la autovía Izmir-Ankara con Denizli, a la sazón la capital de la provincia donde nos encontramos. A pocos kilómetros de su núcleo urbano duerme el sueño de los siglos la antigua ciudad de Trípolis ad Maeandrum (Trípoli del Meandro en castellano), objetivo de la segunda visita del día.

El yacimiento de Trípolis lleva pocos años en excavación, motivo por el que hay relativamente pocas estructuras exhumadas y, en general, resulta todavía poco conocido. Eso sí, lo que está apareciendo se encuentra en muy buen estado. Probablemente se convierta en un punto de referencia del turismo arqueológico cuando haya más que ver. No obstante, hoy en día ya es lo suficientemente atractivo para el estudioso toda vez que, aparte de lo ya exhumado, hay abundantes restos arquitectónicos en superficie con la entidad suficiente para extraer conclusiones de ellos. Nosotros lo recomendamos vehementemente.

Figura 1.- Moneda de bronce acuñada en Trípolis durante el periodo republicano.

El yacimiento tiene horario, está cercado y vigilado (por un guarda muy amable). De momento no hay que pagar entrada para pasar. Sólo está señalizada una parte, el resto de la visita hay que hacerla más a la aventura si bien no es difícil ya que toda el área ha sido cumplidamente desbrozada y enseguida se localizan las diferentes ruinas a lo lejos. 

Llegamos ya bastante avanzada la tarde, a eso de las cuatro. No queda mucha luz pues anochece muy pronto por estas tierras levantinas. Es por ello que nos abalanzamos sobre las ruinas casi sin mirar donde dejamos el coche… Conozcamos un poco la historia de Tripolis ad Maeandrum antes de visitarla.

Figura 2.- Selección de bronces tripolitanos acuñados durante los siglos I, II y III d.C.

Trípolis fue fundada con el nombre de Apolonia en el siglo III a.C., esto es en plena época helenística: una época muy turbulenta pero al mismo tiempo de fuerte expansión de la cultura griega. Inicialmente fue incluida en la región de Lidia, si bien muy cerca del límite con las regiones de Caria y Frigia. Su emplazamiento estaba bien pensado: justo en un cruce de caminos de primera magnitud los cuales comunicaban entre sí las citadas regiones y también éstas con la costa del Egeo (a poniente) y el interior de Anatolia (a levante).

Dado que la ciudad se encontraba en un área de fricción entre el reino de Pérgamo y el imperio Seleúcida pudo conservar una relativa independencia probablemente basada en una eventual función como “estado colchón” entre ambos. Esta situación se prolongaría hasta el año 188 b.C., fecha del tratado de Apamea, que sellaba la victoria del reino de Pérgamo sobre el imperio Seleúcida y la expulsión de éste de la mayor parte de Asia Menor. A partir de este momento Trípolis entra a formar parte de la nómina de ciudades controladas por la mítica monarquía pergamena. Posteriormente, en el 133 a.C., Trípolis pasaría a dominio romano junto al resto del reino de Pérgamo: cedido en su testamento a la república romana por su último rey Átalo III.

Figura 3.- Plano del Yacimiento arqueológico de Trípolis ad Maeandrum.

El Trípolis romano es un asentamiento próspero gracias al comercio entre regiones, con una cierta relevancia a nivel local. A su periodo republicano corresponden las primeras emisiones monetales acuñadas en la ciudad, consistentes fundamentalmente en bronces de pequeño tamaño, con Apolo, su dios tutelar, en el anverso y una abeja en el reverso, complementado por la palabra APOLLONIA en caracteres griegos y una suerte de línea quebrada en el exergo, representativa del río Meandro. No son monedas raras en la actualidad, prueba de que se acuñaron en grandes cantidades durante un periodo bastante dilatado de tiempo antes de la era Cristiana. En la siguiente figura (Fig. 1) podemos ver un ejemplar de estas monedas.

Foto 1.- Ruinas de la "Puerta de Filadelfia".

Entre los años 40 y 31 a.C. Trípolis será conocida como Antoniopolis en homenaje al triunviro Marco Antonio, señor de oriente. Derrotado éste por Octavio Augusto, la ciudad muda rápidamente tan poco conveniente nombre por el mucho más neutro y a la postre definitivo de Trípolis ad Maeandrum. Ad Maeandrum por su proximidad al río Meandro y Trípolis por alzarse en el punto de encuentro entre tres regiones: Lidia, Caria y Frigia. Por este nombre es citada en la Historia Natural de Plinio el Viejo (mediados del siglo I d.C.), a la sazón la más antigua mención literaria de la ciudad que conocemos. Plinio la identifica como ciudad lidia, perteneciente al convento jurídico de Sardis; informaciones posteriores la ubican en el vecino convento frigio de Apamea, lo que nos indica una eventual modificación en la frontera entre Lidia y Frigia y la inclusión de Trípolis en esta última.


Fotos 2 y 3.- Ruinas de los Baños Mayores de Trípolis.

El siglo II d.C. corresponde al de mayor esplendor de Trípolis ad Maeandrum. Los abundantes beneficios del comercio fueron invertidos en construcciones tales como: puertas monumentales, baños, un teatro, un estadio, un Casa del Concejo (Bouleterion), calles pavimentadas, etc. Abundan las fábricas de recia sillería bien labrada en piedra travertina y también los mármoles… no se trata en absoluto de edificios modestos sino suntuosos. Sin duda alguna la ciudad podía presumir de un aspecto magnífico durante el reinado de los emperadores adoptivos. 

Foto 4.- Ruinas, bastante deterioradas, de la muralla tardorromana de Trípolis.

Trípolis conservará un considerable vigor económico durante el siglo III d.C. Así lo indica la continuidad en las acuñaciones monetarias de la ciudad, las cuales se prolongan hasta el reinado de Galieno, algunas de ellas mostrando diseños francamente atractivos. En la siguiente figura (Fig. 2) podemos ver una pequeña selección de bronces tripolitanos acuñados durante el periodo imperial romano. Emplean tipos comunes a la mayoría de emisiones de Asia Menor (divinidades del panteón helénico y motivos relacionados con el culto imperial o a la propia Roma) así como algún que otro reverso más distintivo de la ceca como la alegoría del río Meandro en forma de dios fluvial y, la más interesante, una poco habitual representación de Leto (Latona en la mitología latina), la amante de Zeus, con sus hijos Apolo y Artemisa, uno en cada brazo.

Foto 5.- Ruinas sin excavar del Teatro romano de Trípolis.

Poco se sabe de la historia de Trípolis en los siglos bajoimperiales más allá de que sus obispos participaron en los concilios de Nicea (el primero de ellos: 325 d.C.), Éfeso (431 d.C.) y Calcedonia (451 d.C.). No es mucha información pero sí la suficiente para asegurar que la ciudad seguía conservando un cierto pulso urbano. No obstante la información arqueológica nos indica que había entrado en decadencia y que no estaba exenta de amenazas. En efecto, eso es lo que se deduce de la construcción de una muralla en una fecha indeterminada entre finales del siglo IV y principios del siglo V cuyo trazado se cernía exclusivamente al centro de la ciudad, dejando extramuros y por tanto indefenso el resto. Este fenómeno es recurrente en casi todos los lugares del Imperio y una buena prueba de que se estaban viviendo unos tiempos bastante difíciles e inseguros.


Fotos 6 y 7.- Extremos septentrional (arriba) y meridional (abajo) del Teatro de Trípolis.

En el año 494 Trípolis será duramente golpeada por un terremoto. Una nueva tragedia sobreviene a principios del siglo VII con ocasión de la invasión persa de Asia Menor. Trípolis será tomada y arrasada por los sasánidas, dejando poco más que un campo de ruinas. Los habitantes que lograron sobrevivir a la algarada prefirieron concentrarse en las colinas situadas a 5 kilómetros de la ciudad, donde era más fácil defenderse de ulteriores ataques. La ciudad quedó así totalmente abandonada. Prueba de ello es que los invasores árabes del siglo VII no la conquistaron, probablemente porque no había nada que conquistar.

Foto 8.- Restos de galerías abovedadas y muros de sillería pertenecientes al teatro de la ciudad.

En la primera mitad del siglo XIII la vida vuelve a la yerma Trípolis ad Maeandrum. El dinero y las tropas del Imperio de Nicea se afanan en construir una poderosa ciudad fortificada en la cumbre de la colina en cuya falda se hallaban los restos de la ciudad antigua. Consta de un recinto amurallado de 1200 metros de perímetro y un castillo en su flanco NE, erigido a manera de ciudadela o último bastión. La nueva Trípolis será conocida en los textos bizantinos como Neápolis y constituirá una de las dos plazas fuertes clave del sistema defensivo de la región frente a las apetencias territoriales del sultanato turco-selyúcida del Rum. De hecho será entre sus muros donde se firme el tratado de paz de 1243 entre el emperador niceno Juan III Ducas y el sultán selyúcida Giyaseddin Keyhusrev II.

Foto 9.- Base de la Escena del teatro. Aparentemente bien conservada bajo los escombros.

Las huestes bizantinas retendrán el curso alto del río Meandro hasta comienzos del siglo XIV cuando resultan sobrepasadas por las belicosas tribus turcas herederas del colapsado sultanato del Rum. Una vez en poder musulmán y expulsados los bizantinos prácticamente de la totalidad de Anatolia, Neápolis/Trípolis pierde todo el valor estratégico que tuviera en las décadas anteriores y su fortaleza queda abandonada. Es el fin de la milenaria ciudad que ya nunca más volvería a ser habitada.

Foto 10.- Ruinas, a lo lejos, de la muralla medieval (siglo XIII) de Trípolis, entonces llamada Neápolis.

Comenzaremos la visita a la ciudad por su vértice suroeste. Aquél marcado con el número 1 en el mapa de la figura 3: muy útil por cierto para guiarse por el yacimiento arqueológico. En este punto se alzan las ruinas de la llamada “Puerta de Filadelfia”: nombre moderno cuya razón estriba en que por esta puerta penetraba en la ciudad la calzada procedente del oeste, esto es de Sardis y más acá de Filadelfia. Lo que actualmente no es más que un solitario pilar de mampostería aglomerada (foto 1) en otro tiempo fue una puerta monumental cubierta por dos bóvedas de medio cañón paralelas así como apoyadas en seis pilares de sección cuadrada. Su datación ha sido fechada en el siglo II d.C. 


Fotos 11 y 12.- Ruinas de los Baños del Teatro.

Unos pocos metros al este del punto 1, prácticamente al lado de la puerta de Filadelfia, se encuentran las ruinas de un edificio de bastante entidad tal y como revelan sus recios paredones de sillería travertina. Se trata de los “Baños Mayores” de Trípolis (punto 2), habiéndose conservado en relativo buen estado una parte de la sala más oriental, correspondiente con el antiguo caldarium o habitación caliente (fotos 2 y 3). Esta estructura ha sido datada también en el siglo II d.C. 


Fotos 13 y 14.- Restos, bastante deteriorados, del Bouleterion de Trípolis ad Maeandrum.

A poco más de un centenar de metros de las últimas ruinas de los Baños Mayores el terreno se eleva conformando pequeña colina amesetada en cuya cumbre se encuentran las ruinas de la Trípolis clásica. Los bordes de dicha cumbre se encuentran motejados por los restos de la muralla tardorromana (punto 26): bastante deteriorados hasta el punto de sólo mostrar algunos paramentos confusos correspondientes al núcleo tosco de la estructura, elaborado con mampuestos informes aglomerados con mortero de cal (foto 4).

Foto 15.- Pavimento de Opus Sectile, luciendo preciosos mármoles de colores en la calzada contigua al extremo occidental del ágora de la ciudad.

Las ruinas del teatro de Trípolis (punto 3) se alzan a nuestra izquierda según venimos desde los baños mayores. Aunque están sin excavar (foto 5), permanece en superficie lo suficiente para apreciar la pretérita grandiosidad del edificio, que tuviera capacidad para 8000 espectadores y fuera construido sobre la falda de la colina al objeto de aprovechar su pendiente para apoyar las cáveas. 

Los muros principales de las cáveas fueron construidos con elegantes sillares de piedra travertina protegiendo un núcleo macizo de mampuesto tosco aglomerado con mortero de cal. Se conserva relativamente bien el extremo meridional del semicírculo (foto 6) y algo peor el septentrional (foto 7). El acceso al interior del teatro se efectuaba por medio de galerías abovedadas ejecutadas por medio de cimbras sobre las que se vertía el pertinente hormigón de mampostería. Perviven los restos de una de ellas (foto 8). La base de la escena se distingue en superficie (foto 9) y probablemente esté bien conservada bajo los escombros. A su alrededor se encuentran, dispersos, muchos de los sillares de mármol que elevaban dicha escena hasta los 40 metros de altura según las estimaciones de los investigadores. La cronología del edificio es, nuevamente, el siglo II d.C. 

Foto 16.- Stoa occidental del Ágora de Trípolis ad Maeandrum.


Como a un kilómetro de distancia hacia el  noroeste, al pie de la colina de la ciudad, se observan los restos de la muralla medieval de Neápolis, erigida en la primera mitad del siglo XIII por los emperadores nicenos. Como hay mucho que ver y poco tiempo de luz preferimos no caminar hasta allí. Habremos de conformarnos con el recuerdo proporcionado por la foto 10.

Foto 17.- Arco de acceso al Ágora de Trípolis ad Maeandrum.

Subimos por la pendiente de las cáveas hasta alcanzar la cumbre de la colina amesetada. El área excavada de Trípolis aparece ante nuestros ojos un par de cientos de metros hacia el sureste. Entre ella y nosotros se encuentran las ruinas casi del todo soterradas de un edificio de cierto relieve. Corresponden a los llamados “Baños del Teatro” (punto 5) y básicamente consisten en una parte del caldarium de éstos (foto 11) y un muro de travertino bien conservado cuyos imponentes sillares podemos admirar en la foto 12. Su fecha de construcción ha sido datada en algún momento del siglo II  d.C. 

Foto 18.- Plataforma escalonada erigida en el siglo IV d.C. en el extremo meridional del ágora de Trípolis.

Pasamos junto a un grupo de excavadores poco afanosos ya a esa hora de la tarde. En sus rostros se aprecia que tienen ganas de marcharse a casa. No nos ponen ninguna objeción a pasear por el yacimiento. Esto es algo habitual en Turquía y que difiere bastante de España donde no es raro que a los arqueológos y guardas les atraiga en exceso la labor de llamar la atención a todo aquel que se sale mínimamente del camino trazado para los visitantes.

Foto 19.- Puerta de la muralla tardorromana localizada en las proximidades del lado occidental del Ágora.

Justo antes de llegar al área excavada se encuentran las ruinas, aún pendientes de exhumación, del antiguo Bouleterion de Trípolis (punto 6), esto es el lugar donde se reunía el consejo ciudadano para tratar los asuntos relacionados con la administración de la urbe. Presentan un elegante paramento externo de sillares de piedra travertina (foto 13) idéntico al del teatro o el de los baños, siendo también contemporáneo de éstos. El núcleo de los muros fue ejecutado en el habitual opus incertum romano dispuesto en hiladas (foto 14).

Foto 20.- Muralla tardorromana de Trípolis. Frente meridional.

La zona excavada comienza con un tramo de calzada pavimentada con un excelente opus sectile donde alternan mármoles y ónices de diferentes colores (foto 15). No es habitual encontrar esta clase de pavimentos en tan buen estado de conservación. A un lado de esta calzada se alza un potente muro de sillería, al otro una columnata de mármol (foto 16). Este conjunto en realidad es la stoa que bordeaba el extremo occidental del ágora de Trípolis, aún sin excavar. El acceso a dicha ágora se verificaba a través de un arco de medio punto adovelado al que el tiempo ha respetado más de lo esperado (foto 17). También destaca una plataforma escalonada cerca del extremo meridional de la calzada (foto 18). Erigida en el siglo IV d.C., se ha interpretado esta estructura como un punto de descanso para los visitantes del ágora, en cuyos escalones podían sentarse.

Foto 21.- Calzada enlosada localidad extramuros en el sector meridional de la ciudad. A la izquierda vemos la muralla tardorromana de Trípolis.

El extremo sur de esta calzada da a la muralla tardorromana de la ciudad, la cual presenta una puerta en este punto (foto 19). La muralla tardorromana está bastante bien preservada en este sector (foto 20). Es una fortificación muy simple, de tramos rectos, 2,40 metros de grosor, sin apenas torres, erigida con materiales reutilizados. Una tipología muy propia de la época en que fuera construida. Su capacidad defensiva nunca debió pasar de la categoría de moderada.

Foto 22.- Galería porticada y ruinas de habitaciones flanqueando la calzada de la foto 21.

Extramuros y paralela a éstos transcurre una calzada pavimentada con grandes losas de piedra caliza (foto 21). Se encuentra en un estado de conservación excelente. En el lado meridional de esta calzada, el derecho según caminamos, podemos observar los restos de una galería porticada y varias habitaciones (foto 22). La calzada fue trazada en época helenística, teniendo en origen diez metros de anchura los cuales se vieron reducidos a siete cuando se construyera la muralla tardorromana sobre ella. Sin duda fue una de las calles principales de la ciudad.

Foto 23.- Ruinas de un Ninfeo en el cruce entre la calle de Hierápolis y la calzada de la Foto 21.

Tras caminar unas decenas de metros por esta calzada llegamos al punto de cruce de ésta con otra vía que, saliendo de la ciudad, parte en dirección sur, esto es hacia campo abierto. Esta última vía ha sido denominado “Calle de Hierápolis” por ser esta ciudad (Hierápolis) el siguiente jalón de importancia al que llegaríamos caminando por dicha calzada. Al igual que la vía procedente de Filadelfia, por la cual penetráramos en Trípolis, la calle de Hierápolis también disponía de una puerta monumental cuyos restos, bastante arruinados, se encuentran a unos cuatrocientos metros del cruce de calles al que acabamos de llegar. Por su parte, este cruce debió ser sin duda un punto especialmente relevante de la ciudad. Prueba de ello es que fue embellecido en el siglo II d.C. con un ninfeo (fuente monumental) del cual se han conservado tres columnas, pertenecientes a la fuente propiamente dicha, y unas pocas placas de mármol blanco de las que delimitaban el vaso en cuyo interior se acumulaba el agua despedida por la fuente (foto 23). 

Foto 24.- Puerta de la muralla tardorromana por donde penetra la "calle de Hierápolis" en el interior de la ciudad.

La calle de Hierápolis penetra en el interior de Trípolis a través de una puerta en la muralla tardorromana morfológicamente idéntica a la localizada unos cuantos metros al oeste (foto 24), calle arriba. Resultan destacables los profundos surcos excavados en las losas de entrada por el paso de innúmeros peatones y carretas a lo largo de las décadas.

Una vez intramuros la calle de Hierápolis toma el aspecto de una ancha calzada pavimentada con grandes losas de piedra caliza. Fue construida en los primeros tiempos de la dominación romana de la ciudad, siendo su estado de conservación francamente bueno (foto 25). 

Foto 25.- Calzada enlosada de la "calle de Hierápolis" localizada intramuros. 

Apenas hemos caminado unos pocos pasos por la calle de Hierápolis cuando un vistazo hacia la derecha nos dirige hacia los restos de una pequeña iglesia bizantina, con la disposición habitual nártex-nave-ábside. Sobre todo llama la atención su ábside casi circular provisto de una suerte de absidiolo rectangular al fondo (foto 26). Ha sido datada estilísticamente en los siglos V-VI d.C., prolongándose su uso, con algunas modificaciones, hasta el siglo X.

Foto 26.- Ruinas del ábside de la iglesia bizantina localizada al comienzo de la Calle de Hierápolis.

Unos pocos metros calle arriba llegamos hasta la que se puede calificar como la estructura arquitectónica mejor conservada de la ciudad con diferencia. Se trata de un magnífico criptopórtico perfectamente conservado (fotos 27 y 28), sobre el cual se disponía un área abierta identificada con el ágora comercial de la ciudad. La bóveda del criptopórtico está construida con bloques planos descansando sobre una doble serie paralela de arquerías adoveladas de travertino con sus estribos internos apoyados en una hilera de pilares rectangulares y en los muros norte y sur del edifico los externos. Tan magnífica construcción ha sido datada la segunda mitad del siglo II a.C., más o menos en la época en que Trípolis pasara a manos romanas. Fue frecuentemente utilizada al menos hasta el siglo IV d.C. En esta última etapa, la mejor documentada arqueológicamente por obvias razones, el criptotopórtico albergó, en su mitad septentrional, un conjunto de talleres dedicados al trabajo del metal, el hueso y la cerámica. La producción de estos talleres era almacenada en la mitad sur de la estructura, desde donde era distribuida a los establecimientos comerciales situados en el ágora comercial localizada, como dijéramos anteriormente, encima del criptopórtico.


Fotos 27 y 28.- Dos vistas del magnífico Criptopórtico exhumado recientemente en el yacimiento de Trípolis ad Maeandrum.

Adyacente al criptopórtico se alza un edificio abovedado construido íntegramente en opus caementicium romano (foto 29), lo cual no es nada habitual no sólo en Trípolis sino, en general, en las ciudades grecorromanas de Asia Menor. En su interior se han hallado unos valiosos frescos representando a Jesucristo flanqueado por dos ángeles que han sido relacionados con un contexto funerario tan tardío como el siglo IX d.C. 

Foto 29.- Edificio abovedado construido en opus caementicium típicamente romano.

Al norte del edificio abovedado que acabamos de conocer la calle de Hierápolis se encuentra flanqueada, en su lado oriental, por una galería porticada. Las columnas de los pórticos han sido recolocadas en los últimos años (foto 30) al igual que algunas grandes lápidas labradas halladas durante las excavaciones (foto 31). En cualquier caso esta zona está todavía poco excavada, rodeando los paramentos de tierra virgen a las estructuras que acabamos de describir. Y es que todavía queda mucho por hacer y tesoros por descubrir en la antigua Trípolis ad Maeandrum...

Foto 30.- Galería porticada flanqueando la calzada de la calle de Hierápolis.

Aunque todavía había cosas por ver en la ciudad y éramos conscientes de ello, lo cierto es que la tarde, que llevaba ya un rato concluyendo en un fenomenal fogonazo naranja, empezó a convertirse en noche. Quince minutos escasos más y no se vería casi nada, además de que quedaba muy poco para la hora de cierre del yacimiento. Es por ello que decidimos dar por terminada la visita y con ella el día. 30 kilómetros nos separaban de nuestro alojamiento en la célebre localidad turística de Pamukkale. Un ratejo de conducción nada más…

Foto 31.- Lápida tallada con motivos geométricos localizada durante la excavación del área porticada de la calle de Hierápolis.